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La suave piel de los mantos resbalaba bajo la rienda que intentaba sostener uno en torno a mis caderas, dejándome desnudo bajo el otro manto cada dos pasos. Para evitarnos a todos la incomodidad por mi escasez de ropas, regresé al jergón en la primera cuadra, a cubierto de la vista de los niños. Risa limpió la paja del suelo y montó allí una pequeña fogata, para compensar por mi distancia al fogón más cercano.

Mientr

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MaríaQue difícil para Risa, no entiende nada!
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