Helena tenía la mente dispersa.
Frente al espejo del tocador de su baño, se talló los labios con una toallita desmaquilladora. El labial negro fue difícil de retirar, pero más difícil fue olvidar aquellos ojos color miel del hombre que la salvó.
No fue la primera vez en que encontraron.
Al llegar a casa, cuando la adrenalina bajó, recordó que se habían conocido por primera vez en la conmemoración del pintor nacional.
Y actuó igual, como si él la conociera.
Helena buscó en su memoria, pero no encontró a nadie parecido. Nadie tenía ese cabello rebelde y claro, casi rubio, piel bronceada, aura cálida. No, nadie.
Buscó en su celular el número de su madre, pero como era de madrugada lo dejó para después.
Ella suspiró y trató de olvidarlo. No era momento para divagar en otros asuntos más que la cumbre anual de la manada.
Aquel evento estaba a la vuelta de la esquina, y aunque ya se habían preparado para cualquier inconveniente, el miedo a que los planes fallaran estuvo presente.
Recibió un m