El dolor de cabeza distanció a Helena de la discusión.
A gritos, Gloria reclamó a Russell sobre todo lo ocurrido. El enorme hombre de pie, frente al escritorio de su madre, se mantuvo callado en todo el momento.
No la miró, no reaccionó, no respondió a los comentarios hirientes, no hizo nada. Solo recibió la furia explosiva de su madre hasta que los ojos de Gloria se fijaron en Helena.
―¡Y tú! ¡¿Con qué permiso te moviste?! ―Ladró con ira.
El cuerpo de Helena tembló ante la poderosa aura de la