Cuando salimos del restaurante, el viento ya es más fuerte y una llovizna fina empieza a caer sobre nosotros. Alejandro me lanza una mirada de advertencia mientras se sube el cuello del abrigo.
—No digas nada —le advierto antes de que pueda soltar un “te lo dije”.
Él niega con la cabeza, pero no dice nada mientras nos apresuramos de vuelta al hotel.
El camino es incómodo, con el viento golpeándonos en ráfagas repentinas, haciendo que me encoja cada vez que una gota fría choca contra mi piel. Al