El sol nos cubre mientras caminamos en silencio hacia la playa. La brisa marina no es suficiente para contrarrestar el calor sofocante, y yo, con mi bikini —uno bastante decente, porque ni loca me iba a poner la micro que Claudia insistió en que comprara—, ya estoy sintiendo cómo el sol calienta cada centímetro de mi piel expuesta.
Por eso, cuando miro de reojo a Alejandro, que va a mi lado vistiendo una camisa blanca perfectamente abotonada y un short beige, solo puedo preguntarme cómo demonio