Capítulo 27.
El mundo ardía otra vez. La piel me quemaba. Las uñas de esa loba rasgaban mi costado como si intentara desarmarme pedazo por pedazo, y yo gritaba, gritaba hasta que la garganta se me hizo polvo. Nadie vino. Nadie me salvó. Solo él estaba allí, mirando desde las sombras.
Alderik.
Sus ojos fríos me recorrieron sin pestañear, y cuando desvié la mirada esperando piedad, encontré solo silencio. Ese silencio que gritaba más que los colmillos hundidos en mi carne.
El dolor se repitió en olead