Cuando abrió los ojos, la asaltó un dolor terrible. Su vientre se contraía con una fuerza terrible, con apretujones diseñados para doblarla o partirla a la mitad.
Liberó un grito, y sus esclavas vinieron corriendo a socorrerla, pero no había mucho que pudieran hacer por ella.
La sangre comenzó a brotar de entre sus piernas, y el dolor de reconocer lo que realmente sucedía, la pérdida, fue más insoportable que el dolor físico.
Cuando todo hubo terminado, tomó en sus manos en cuerpecito sin vid