Cerré los ojos con fuerza, sin querer verlo a la cara después de tantas cosas. Dioses, por un momento llegué a considerar que podría morir de la vergüenza.
Su carcajada me tomó por sorpresa. Cuando por fin me atreví a abrir los ojos, descubrí que mi cuerpo volvía a la libertad, mientras Nate estaba en el suelo, riendo. Incluso se agarraba el estómago con fuerza.
Le lancé una almohada, que él atajó con gran facilidad, mientras me sonrojaba. Maldición. ¿Qué le resultaba tan gracioso?
—¡Nate!
—Per