Pequeña dama.
Dejó de prestar atención a las demás personas, centrándose en la única que realmente importaba. Se acercó hasta quedar a pocos centímetros del pálido rostro de la fémina postrada en la camilla; ladeó la cabeza hacia un lado y el sonido de una de las máquinas alteró aún más a todos los especialistas.
—¡No hay pulso, doctor! —exclamó alguien.
—Desfibrilación, ¡ahora! —ordenó uno de los doctores.
Un ruido, una descarga eléctrica directa a través del tórax de la paciente.
Silencio.
—Aumenta en un c