Ella.

La misma escena se repetía una y otra vez; no era su culpa o, al menos, se convencía a sí misma de que no lo era.

El cuerpo cayó inerte a sus pies, le regaló una mirada inexpresiva y salió rumbo a la salida del callejón. La negrura quedó atrás cuando alcanzó la calle principal. Las pocas farolas mortecinas le daban un toque nostálgico a su andar lento y su abrigo era lo suficientemente largo como para cubrir por completo su delgado cuerpo. Las solapas del sobretodo brindaban una espesa sombra a
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