335. Pésimas noticias
Leonardo
El reloj de la pared avanzaba con una lentitud desesperante, cada segundo marcado por el tic insistente del segundero. Llevaba horas sentado en la sala de espera del hospital, pero la sensación era la de una eternidad. El silencio a mi alrededor era afilado, asfixiante, como si el propio tiempo estuviera conspirando contra mí.
Magnus estaba a mi lado, con la mirada fija en el suelo y la mandíbula tensa. No decía una palabra, pero sabía que la angustia lo estaba devorando tanto como a m