336. Lo siento

Leonardo

El peso de las últimas palabras del médico aún me aplastaba cuando se aclaró la garganta y preguntó:

"Señor Martinucci, ¿desea ver a sus hijas?"

La boca se me secó. Sentí como si me hubieran vaciado los pulmones de aire. No pude responder; solo asentí.

Mis hijas.

Francesca. Sophie.

Tan pequeñas. Tan frágiles.

Me despedí de mis padres con una mirada agotada y seguí al médico por el pasillo. Con cada paso, el pecho se me cerraba un poco más. El miedo se deslizaba por mi cuerpo como un ve
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