El aire estaba cargado de tensión mientras Adriano y Ramiro avanzaban entre las sombras, con las armas listas, los músculos tensos, y el corazón de Adriano golpeando como un tambor en su pecho. La visión de la camioneta negra estacionada frente al vagón oxidado le hizo apretar la mandíbula. Sabía que Francesco estaba cerca, y que cada segundo que pasaba lo acercaba más al peligro.
—Están moviéndose rápido —murmuró Ramiro, agazapado junto a Adriano, observando cómo dos hombres armados revisaban