El coche avanzaba en la oscuridad de la noche, dejando atrás la estación abandonada y el horror que casi les había arrebatado a Francesco.
El pequeño con los ojitos aún llenos de lágrimas y de miedo, se había acurrucado en los brazos de Adriano, a quien consideraba su salvador. El silencio en el interior del coche era tranquilo, pero cargado de emociones que ni Adriano ni Ramiro ni mucho menos Francesco eran capaces de expresar en voz alta.
Ramiro, quien conducía con la mirada fija en la carret