—Tengo la posible ubicación en donde puede que esté Francesco —dijo Ramiro mirando su teléfono móvil.
—Guíame —ordenó Adriano—. Iremos directo hasta allí.
La noche se cernía como un manto espeso sobre la ciudad. Apenas unas luces distantes de las farolas delineaban las calles vacías que se extendían frente al auto, y el ruido del motor era lo único que rompía el silencio inquietante. En el interior del vehículo, la tensión era casi palpable.
Adriano conducía con el ceño fruncido, apretando el v