Al día siguiente, Adriano se despertó con la cabeza retumbando, como si un martillo estuviera golpeando el interior de su cráneo. Las primeras luces del amanecer apenas se filtraban por las cortinas de su habitación en la segunda planta de la mansión, mientras que el ambiente olía a alcohol y la resaca no solo era física, sino que el dolor emocional era mucho más profundo y punzante.
Sintiendo que todo le daba vueltas, se llevó una mano a la frente, tratando de calmar el mareo que lo invadió en