Capítulo ciento treinta y siete: viéndola.
Yo solo comencé a llorar al escucharlo y Jesua me abrazó acariciando mi cabeza con delicadeza,
— Dime Jesua, ¿sabes dónde está? — le pregunté en medio del llanto,
— Si lo sé hermano.
—Quiero verla— le digo sin dudar, pero él suspira antes de contestarme,
— ¿Estás seguro?; Juno, ella está en un psiquiátrico, no sé cómo la vamos a encontrar.
Yo despego mi cabeza de su pecho y lo miro a los ojos,
—Prométeme que me llevarás contigo cuando vayas a verla— le pido tomando su mano en la m