Alexander regresó al apartamento de Maya, abrió la puerta del dormitorio y la vio tendida inmóvil en la cama, exactamente como la había dejado.
Las marcas rojizas en sus hombros expuestos eran evidentes. No necesitó mirar más.
Cerró la puerta con cuidado y se acercó.
Maya dormía profundamente, sin reaccionar en absoluto.
Sin embargo, su respiración irregular hizo que la expresión de Alexander cambiara.
Extendió la mano y tocó su rostro.
La temperatura elevada lo hizo estremecerse.
—Maldita sea…