Mei Lin no llegó a Madrid de improviso.
La decisión llevaba seis meses gestándose.
Había empezado con una llamada de Lucas en julio: Álvaro lo había llevado a Madrid tres semanas en verano y al final de la tercera semana Lucas le había dicho a su madre, por videollamada, con la calma de quien no dramatiza las cosas importantes: «Aquí hay más gente que me quiere.»
No era un reproche.
Era una observación.
Lucas hacía observaciones. Era su manera de pensar en voz alta sin pedir que nadie respondie