El jueves tenía la misma rutina que todos los jueves desde hacía cuatro meses.
Lucas salía del trabajo a las cinco y media, no porque no tuviera más que hacer sino porque había decidido, desde el primer día que Mateo llegó a casa, que las cinco y media eran innegociables. Andrés se lo había dicho una vez, con la misma precisión con que Lucas explicaba cualquier cosa importante: no negocies con el trabajo la hora de llegar. Negocia con el trabajo todo lo demás.
Ese jueves, Lucas abrió la puerta