El teléfono sonó el viernes por la tarde.
—Mamá. Nos llaman el lunes.
Laura se quedó quieta, con la taza de café suspendida entre la mesa y la boca, procesando esas cinco palabras y lo que contenían.
—¿El proceso terminó?
—Sí. Es un niño. Dos años y medio. Se llama Mateo.
Laura dejó la taza.
Había cuatro palabras que esperaba escuchar desde que Lucas le había contado el inicio de los trámites, hacía más de un año. Las había estado esperando con la paciencia que se aprende cuando uno ha vivido s