El grito de Tomás cortó el aire del patio como una navaja oxidada. Valentina se detuvo en seco junto a los columpios, con la mochila aún colgando de un solo hombro. El niño mayor, dos cursos por encima, la señalaba con el dedo índice extendido mientras sus amigos reían detrás de él.
—¡Tu familia robó dinero a niños pobres! —gritó Tomás, con la voz aguda de quien sabe que está haciendo daño—. ¡Tu abuela es una ladrona y vivís en palacios robados!
Valentina no respondió. Apretó los labios hasta q