La sala olía a café caro y a miedo ajeno.
Doce sillas alrededor de una mesa de roble. Once hombres ya sentados cuando entré. Trajes oscuros. Corbatas discretas. El tipo de personas que no suben la voz porque no necesitan hacerlo.
Y Álvaro.
En la cabecera.
Me miró en el segundo exacto en que crucé el umbral. No fue una mirada. Fue una declaración de intenciones. La clase de mirada que dice sé lo que hiciste esta mañana y te voy a hacer pagar por ello en el mismo instante y sin abrir la boca.
La