Capítulo 31. Solos
Los días que siguieron a aquella noche fueron extraños, como si el aire de la casa se hubiera vuelto más denso y pesado. Viola y Lionel se movían por los pasillos de la mansión como dos fantasmas que compartían el mismo espacio pero evitaban rozarse. El desayuno se servía en silencio. El café de Lionel se enfriaba sin que él lo terminara. Viola comía poco, empujando la comida de un lado a otro del plato, su mirada fija en la ventana donde la luz de la mañana entraba de forma fría y despiadada.