El aire en la casa era denso, cargado de una tensión que parecía imposible de disipar. El reloj marcaba las once de la noche, pero el cansancio no existía para ninguno de los dos. Miranda estaba de pie en el dormitorio principal, rodeada por el caos que ella misma había desatado al sacar sus pertenencias de los cajones y armarios. Su maleta, abierta sobre la cama, era el único testigo de la batalla emocional que se libraba en esa habitación. Con movimientos bruscos y decididos, arrojaba ropa y