Connie observaba, asombrada, el enorme agujero rocoso en el suelo, a solo dos metros de distancia. Era un abismo que se extendía varios metros a su alrededor.
En medio de aquel bosque colosal, donde los árboles gigantes la rodeaban, las raíces gruesas y nudosas se alzaban del suelo. Los troncos, cubiertos de musgo se veían imponentes, y sus copas frondosas eran tan densas que apenas dejaban filtrar la luz.
Era un ambiente fresco, casi frío, lleno de humedad. El sonido de las ramas chocando