Caminaron largo rato abrazados, en silencio. Solo se escuchaba el canto de los pájaros y el apacible vaivén de las olas sobre la arena. La tenue brisa marina los envolvía, creando un ambiente relajante y agradable.
—Ven —dijo él, tomándole la mano.
La guio hasta unas rocas, donde se sentaron.
—Me gusta mucho este lugar. ¿Crees que podríamos construir aquí una residencia que fuera nuestro Pemberley? Podríamos criar a nuestros hijos aquí —dijo con seriedad.
Elizabeth lo miró sorprendida. Su esposo