Alguien debía romper el hielo, y por educación, Elizabeth decidió que sería ella. Miró al hombre que tenía una sonrisa indescifrable.
—Nunca pregunté… ¿cómo se llama la ópera que disfrutaremos? —preguntó, sonriendo con cortesía.
Él la miró de reojo y sonrió, complacido.
—Es verdad, no te lo dije. Iremos a ver Les Contes d’Hoffmann. —La volvió a mirar—. ¿La conocés?
Elizabeth sí la conocía. Sintió que el universo parecía conspirar contra ella. La obra era maravillosa… una exaltación al amor, en s