Después de una noche ajetreada, la pareja durmió hasta muy tarde. Elizabeth fue la primera en despertar. El brazo de su esposo seguía rodeándola por la cintura. Intentó levantarse con cuidado, pero cuanto más se movía, más fuerte parecía sujetarla.
Probó otra estrategia: intentó levantarle la mano. Sin embargo, parecía que él no tenía ninguna intención de dejarla ir.
—¿A dónde quieres ir? —preguntó Federico, medio dormido—. No importa a dónde sea... no te dejaré —murmuró, apretándola aún más co