Sebastián se detuvo en seco, los dedos que sujetaban su cuello se apretaron.
Pero Laura pareció despertar al instante con el sonido del timbre.
Sin prestar atención a la reacción de Sebastián, se liberó de su abrazo, se quitó la seda negra de los ojos y buscó el celular.
Al otro lado de la línea, era la voz casi llorosa de la niñera:
—¡Sra. Benítez, algo anda mal!
—¡Andrés se peleó en la fiesta de cumpleaños de un compañero de clase, se lastimó la frente y sangra mucho!
—¡Venga rápido al Hospital Central ya!
Las palabras transformaron de inmediato el aura que la rodeaba.
Lo poco que quedaba de la atmósfera cargada se tornó en un frío.
—Ya voy.
Colgó la llamada.
Se inclinó para recoger su abrigo del suelo, vistiéndolo con movimientos ágiles, sin siquiera dar a Sebastián una mirada.
Solo al pasar junto a él dejó caer una frase:
—Sr. Fuentes, disculpe.
Apenas las palabras salieron de su boca, ella ya estaba en la puerta.
La puerta se abrió y volvió a cerrarse de golpe.
Todo el proceso fue fluido y directo.
Ni siquiera recordó que todavía llevaba puesto aquel vestido de seda tan fino.
Sebastián quedó solo en la habitación.
En el aire aún flotaba el aroma de Laura, mezclado con la frustración y la ira de sus propias emociones, que no habían podido liberarse.
Sobre la mesa de noche, la tira de seda negra que ella había descuidado anunciaba el completo fracaso de su plan para esta noche.
Sebastián entrecerró los ojos.
Un aire gélido emanó de repente de él.
La expresión de derrumbe y sumisión que él había anticipado, todo había sido arruinado por una llamada absurda.
***
Laura llegó al hospital.
En el pasillo fuera de la sala de urgencias reinaba el caos.
Al instante vio a Andrés, sostenido en los brazos de la niñera.
Su cuerpecito, con un vendaje ensangrentado en la frente.
La sangre había corrido por su mejilla, dejándole media cara manchada.
Su trajecito estaba lleno de polvo.
Sus labios apretados, sin emitir un sonido.
Sus ojos, enrojecidos, delataban que acababa de llorar.
Frente a ellos, otro niño de edad similar apenas tenía un rasguño en la rodilla, pero se refugiaba en los brazos de su madre, cuyo llanto casi sacudía el techo del hospital.
—¡Fue él! ¡Él me pegó! ¡Mamá, me duele mucho la pierna! ¡Me voy a morir!
La madre del niño, con un maquillaje impecable y atuendo de marca, señalaba con el dedo a Andrés y lo insultaba.
—¡Ha dejado a mi hijo así! ¡Tienen que pagar! ¡Si no, ninguno se va hoy!
—¡Además, que se arrodille y pida perdón a mi hijo!
La mujer se envalentonaba cada vez más, y su lenguaje se volvía más obsceno.
—¡Se lo advierto, esto no se termina así! ¡Un bastardo sin padres!
—Pero fue su hijo quien empujó primero...
La niñera intentaba defenderse, pero su voz se perdía ante el escándalo y las maldiciones del otro lado.
Laura detuvo el paso al oír "bastardo".
La temperatura en sus ojos se congeló.
Caminó lentamente.
El aire a su alrededor se volvió siniestro y aplastante.
Primero, tomó al niño de los brazos de la niñera y lo envolvió.
Luego, lentamente, alzó la vista.
Su mirada gélida se posó sobre la madre e hijo que seguían alborotando.
—¿A quién acaba de llamar bastardo?
Su voz no era fuerte, pero hizo que los gritos de la mujer se atragantaran en su garganta.
La mujer se sentía intimidada por su mirada, pero pronto se enderezó:
—¿Qué pasa? Vaya, ¡tu hijo, claro!
—¡Con esa maldad desde pequeño, cómo será de grande!
—¡Se ve que su madre no lo educó bien!
En ese momento, una voz masculina, templada y clara, se escuchó.
—¿Qué está pasando aquí?
Era el director del departamento de cirugía cardíaca del hospital, Carlos Suárez.
Su figura era erguida, llevaba unas gafas de finos cristales dorados que le daban un aire intelectual.
Tras los cristales, sus ojos mostraron preocupación al ver al niño en brazos de Laura.
Se dirigió directamente hacia ella.
Con una familiaridad natural, se agachó.
Con movimientos suaves, apartó los mechones del cabello de Andrés que estaban pegados por la sangre, y examinó la herida con detenimiento.
Al verlo, Andrés se relajó.
Las lágrimas que había contenido le cubrían los ojos.
Hizo un gesto de queja con los labios y llamó con voz ronca y baja.
—Padrino…
Esa voz, llena de un dolor reprimido y una dependencia absoluta, hizo que el corazón de Laura se encogiera.
Hace años, cuando ella estaba embarazada, los frenos de su auto fallaron repentinamente en la autopista.
Fue Carlos quien, arriesgándose, manejó su vehículo para detener el suyo contra la barrera de contención.
Luego la llevó al hospital, salvando así la vida del bebé en su vientre.
Más tarde, cuando Andrés nació, se descubrió que tenía problemas cardíacos.
También fue Carlos en persona quien dirigió la cirugía durante cinco horas seguidas, arrebatando la vida del niño de las manos de la muerte.
Desde entonces, el niño lo había aceptado como padrino.
—No tengas miedo, estoy aquí.
Carlos usó un hisopo con desinfectante para limpiar suavemente la sangre alrededor de la herida de Andrés y habló con voz suave.
—Va a doler un poco, aguanta.
Después de calmar al niño, se levantó.
—Señora, ya revisé la condición de su hijo.
—Solo es un raspón leve, no requiere medicamentos.
—Pero la herida de mi ahijado tiene más de tres centímetros.
—Necesita una limpieza profunda y suturas de inmediato, o hay riesgo de infección y cicatrices.
Hizo una breve pausa, mirando hacia la cámara de seguridad al final del pasillo, y continuó:
—En cuanto a las causas del incidente y la asignación de responsabilidades, el salón de fiestas debe tener cámaras de vigilancia.
—Podemos esperar a obtener el video completo, y luego discutirlo con calma.
Había una lógica clara en sus palabras, una presencia serena pero poderosa.
Con unas pocas frases, hizo callar a la otra parte.
La mujer quedó sin argumentos, su rostro alternando entre el enrojecimiento y la palidez.
—¡Ustedes esperen! ¡Se lo advierto, mi prima es Vivian Baro!
—¡¿Seguro conocen a Sebastián Fuentes del Grupo Yanzó?!
—¡Mi prima es la persona que él más valora! ¡Con una sola palabra de ella, pueden hacer que no tengan futuro en la Capital!
La mirada de Laura se congeló.
Sin expresión, levantó su celular y presionó para detener la grabación.
Después de que la mujer se fue con su hijo, Laura envió un mensaje a su asistente Ana:
"Obtén de inmediato todas las grabaciones de vigilancia del salón de fiestas en el tercer piso del Hotel Conde, desde las 4 hasta las 6 de hoy, quiero saber qué pasó."
Nunca perdía tiempo en discusiones inútiles.
Prefería reunir las pruebas más sólidas para dar un golpe decisivo.
Al mismo tiempo, Vivian tenía una mascarilla facial, relajada en el sofá.
Contestó al celular distraídamente.
Del auricular llegó la versión distorsionada del llanto de su prima.
—Vivian, me insultaron.
—¡El hijo de esa mujer dejó a mi hijo cubierto de sangre, y ella mandó gente a amenazarme!
—¡Tienes que hacer que Sebastián me defienda!