El sábado llegó sin aviso.
No porque fuera inesperado, sino porque Mara no lo había contado en días. No lo había convertido en un marcador dentro de su semana ni en una expectativa consciente. Había dejado que existiera sin analizarlo, como si al no nombrarlo pudiera mantenerlo en un lugar más ligero.
Pero cuando despertó esa mañana, lo supo de inmediato.
No por la hora.
No por la rutina.
Por la anticipación.
Era distinta.
No urgente.
No ansiosa.
Pero presente.
Se quedó unos segundos más en la