Alejandra no esperaba verla.
Mucho menos ahí.
Mucho menos con esa sonrisa tranquila que no coincidía con los meses de silencio, con las palabras nunca dichas, con las traiciones aún sin cicatrizar.
La reconoció en cuanto entró por la puerta de la cafetería. Era una mañana nublada en Londres, y Alejandra había salido temprano, con intención de tomarse un té antes de su clase de yoga prenatal. El lugar era pequeño, acogedor, uno de esos rincones en los que había encontrado paz desde que llegó.