Era martes. Frío y gris.
De esos días donde el cielo parece no tener fin, solo una gran sábana opaca que aplasta las ideas, que silencia las calles y enfría el alma.
Alejandra caminaba de vuelta a casa, con una bolsa de compras colgando del brazo, llena de cosas para la cena y algunas frutas para sus antojos.
Pero había algo más cargando peso sobre sus hombros.
Una inquietud que no sabía nombrar. Como un presentimiento. Un murmullo en el pecho que no nacía del cuerpo, sino del alma.
Fue ento