La tarde se deslizaba suave, como una brisa tibia que no apuraba a nadie. El cielo tenía esa tonalidad dorada de los días en calma, y el silencio del hogar se sentía lleno, no vacío. Alejandra estaba sentada en el balcón, con una taza de té caliente entre las manos y un libro abierto en el regazo. No leía. Solo acariciaba las páginas con los ojos mientras una sonrisa leve se dibujaba en sus labios.
El bebé se movía dentro de ella con lentitud, como si también disfrutara del momento, acunado por