—¿Dónde escuchaste eso? —preguntó Helena.
Su voz era exactamente la misma de siempre. Medida. Sin prisa. La voz de una mujer que había pasado cuarenta años asegurándose de que nada pudiera tomarla desprevenida. Pero Dominic había crecido escuchando esa voz y conocía cada variación de ella, y ahora mismo, debajo de la calma, había algo más. Algo cauteloso.
—Responde la pregunta —dijo él.
—Dominic, son las dos de la madrugada. Sea lo que sea que alguien te haya dicho, puede esperar hasta—
—No