Dominic Harlow no durmió.
Estaba sentado en la oscuridad de su oficina en casa a las dos de la madrugada con un vaso de whisky que había dejado de saborear hacía una hora, mirando las luces de la ciudad a través del ventanal del suelo al techo como si le debieran una explicación.
Felicitaciones por tu venganza. De verdad espero que tu padre esté orgulloso de cómo usaste a tu inocente esposa para conseguirla.
Había reproducido esas palabras aproximadamente cuarenta y siete veces desde que sali