Mara estaba sentada en la cama de Clara con el sobre abierto frente a ella y los dos documentos extendidos uno al lado del otro sobre el edredón.
Los había mirado tantas veces en las últimas veinticuatro horas que se había memorizado cada línea. El membrete de la clínica. El número de referencia del paciente. Las fechas. El lenguaje clínico sosegado que describía el final de algo que apenas había comenzado. Y en el segundo documento, la firma de Helena Harlow al pie de la página, como si perten