Lo llamó a las siete y media.
No desde el sofá. Desde la cocina, de pie junto a la encimera con una taza de té que se había preparado al llegar a casa y que había estado demasiado absorta en sus pensamientos como para beber. Las paredes de color verde pálido reflejaban la luz del atardecer, más cálida que durante el día, con un tono más cercano al de la vida.
Contestó al primer timbrazo.
«Cuéntame», dijo. Porque ella le había comentado que algo interesante estaba sucediendo y él había estado pe