—No puedo aceptarlo —dijo Ryan en cuanto abrió la puerta, sin ningún saludo, su rostro pálido y demacrado de una manera que Mara no le había visto ni siquiera durante las peores horas de la confrontación en el jardín. Sus ojos estaban enrojecidos, como si no hubiera dormido en absoluto desde la noche anterior.
Dominic entró primero, Mara justo detrás de él, cerrando la puerta con cuidado detrás de ella. —Por qué no.
Ryan cerró la puerta y se pasó ambas manos por el rostro, su cuerpo entero car