El lugar era exactamente como lo había descrito.
Pequeño y sin pretensiones, con mesas de madera, una pizarra con el menú escrito a mano y el aroma característico de una cocina que llevaba mucho tiempo preparando los mismos platos deliciosos. El tipo de restaurante que no necesitaba anunciarse, porque quienes lo conocían volvían una y otra vez, y quienes no lo conocían no eran su público objetivo.
Había seis mesas. Cuatro estaban ocupadas. Un hombre comía solo con un libro apoyado en su vaso de