—Contesta el teléfono —dijo Dominic.
Mara ya estaba marcando. El teléfono sonó una vez, dos veces, y luego alguien contestó sin decir nada.
—Quién eres —dijo Mara—. Y qué quieres.
Hubo un silencio largo al otro lado. Después, una respiración. Y luego una voz que Mara reconoció de inmediato, una voz que le heló la sangre de una manera completamente distinta a todo lo que había sentido ese día.
—Hola, Mara —dijo la voz, tranquila y familiar de una manera que la desconcertó por completo.
Era Adrian