Durmió hasta las ocho y media.
No era el despertar temprano de un cuerpo con la mente llena de preocupaciones. Era el sueño profundo y completo de alguien que se había acostado sin nada pendiente y había permanecido dormida hasta que su cuerpo simplemente decidió que ya era suficiente y emergió suavemente a la mañana.
La ventana este volvía a brillar con ese resplandor dorado.
Dos mañanas doradas seguidas, algo inusual para esta época del año, y que decidió aceptar simplemente como lo que era: