El sol de la mañana entraba a través de las ventanas de la cabaña, iluminando el espacio con una calidez que me hacía querer quedarme ahí para siempre. Pero, claro, Arzhel siempre tenía que arruinar mis momentos de paz.
—Vamos, princesa, te prometí un día de aventuras, y no pienso dejar que te quedes aquí holgazaneando. —Su voz resonó alegremente mientras sacaba una mochila llena de cosas que, según él, necesitaríamos para nuestra «excursión».
—¿Aventuras? —Arqueé una ceja, mirando la mochila c