Las cintas de seda se deslizaron de sus hombros a la vez. El ronroneo varonil que escuchó a sus espaldas, le sugería lo complacido que estaba Sander al verla desnudarse frente a él y dejar el conjunto negro bajo sus pies. Parecía no importarle que cuatro hombres la miraran a través de las cortinas de gaza blanca que simulaban cubrirlos.
La luz de las lámparas creaba sombras alargadas de senos y penes erectos, con sonidos de fondo que podían estimular los sentidos de cualquiera, excepto los suyo