—Hola, hija —la saludó, dándole palmaditas en la cabeza y acariciando su cabello por un momento—. Nico, deberías llevarla a bailar a un sitio decente, no traerla a este tugurio.
—Eso le dije —se defendió como un niño—. Pero el negocio…
—¡Agh! —exclamó cansado, tomando aire de la bomba después de sentarse—. Del negocio me ocupo yo hasta que me muera. Diviértete. Sander y yo tenemos algunos puntos que tratar. —Le señaló la puerta con indiferencia y sin mirarlo.
Nicolás se tensó a su lado.
Duran