Una de las chicas del servicio se acercó al umbral del gimnasio y le avisó que Sander la esperaba para desayunar.
Vania dejó de saltar y detuvo el movimiento de la cuerda mientras intentaba regular su respiración. Se miró al espejo y asintió satisfecha en dirección a su entrenadora personal. Había desarrollado músculos que ni sabía que tenía.
Ella se fue por la otra puerta y Vania acompañó a la chica por uno de los pasillos, no sin antes tomar una toalla de la repisa y secar el sudor que cubría