Pasado el instante de arrebato, en el que Rocío había arrancado el acolchado para hacerlo un bollo y enterrarlo en el fondo de su vestidor, el dolor y la vergüenza se habían apoderado de ella, llevandola a hundirse en su propia pena.
Lloraba sin consuelo, se había puesto un sweater enorme que le llegaba hasta las rodillas sin molestarse siquiera en buscar su ropa interior. ¿A quién iba a molestarle? Estaba sola, sola de nuevo, como siempre en su vida. Sola luego de haberse lanzado al vacío con