El temblor que acompañó aquella proposición le indicó a Mauro que lo había arruinado. No le gustaba sentir el miedo en esos verdes, no, cuando era él quien lo provocaba.
Resignado y abatido bajó su mano para liberarla, no había nada que pudiera hacer, o en realidad sí. Debía irse, debía alejarse de esa casa, de esa vida tan diferente a la que él tenía, de esa armonía que había destrozado con su mera presencia. No era algo que le sorprendiera, de hecho era algo que pasaba con demasiada frecuenci