La puerta se cerró tras Dora y su séquito, y el tintineo de las campanillas aún resonaba en el aire cuando Dalia sacó el teléfono del bolsillo de su chaqueta. Marcó el número de Andrea con una sonrisa que no podía ocultar del todo. La llamada se conectó al segundo tono.
—¿Ya has terminado de comprar? —preguntó Andrea, con su voz grave pero cálida—. ¿O has decidido comprar la tienda entera?
—Casi —respondió Dalia, con un tono ligero—. Pero ha pasado algo digno de mención. Nos hemos encontrado co