Mariana
—No mentía, Dimitri.
—Estás dejando que un hombre desesperado te afecte, Mariana. —Dimitri suspiró profundamente, apoyándose en el marco de la puerta de mi despacho—. Gabriel estaba esposado. Había perdido su dinero, su reputación y su libertad en cuestión de diez minutos. Los criminales siempre prometen una amenaza mayor cuando se dan cuenta de que no les queda nada.
—No viste sus ojos de cerca. —Caminaba de un lado a otro sobre la alfombra. Mis tacones resonaban con fuerza contra el s