Al despertar por la mañana, me sentí más agotada que nunca. Había pasado la peor de mis noches.
Las lágrimas aún parecían estar frescas en mi rostro, como si la tristeza no me hubiera dejado ni un solo momento de respiro. Había llorado más de lo que imaginé posible, mientras mi alma se desmoronaba lentamente.
El amor que una vez creí que era eterno había salido por la puerta, y la traición que Jacobo había cometido era tan profunda, tan devastadora, que resultaba imperdonable. Me había herido